2 de septiembre, 2026
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Jordi Montero, responsable de ejecución de obra en una constructora del Alt Empordà, repasa las decisiones que se toman antes de que llegue el instalador y que acaban condicionando el rendimiento de una aerotermia en un edificio de muro de piedra: el cálculo de cargas, el espesor que queda en el suelo, la ubicación de la unidad exterior y el patrón de uso de la casa.

En obra nueva la aerotermia es un problema resuelto. Se conoce la envolvente, la demanda se calcula con un margen razonable, el suelo radiante entra en el forjado sin discusión y la unidad exterior tiene su sitio previsto en el proyecto.

En la rehabilitación de una casa de piedra no funciona así. El equipo es el mismo; el edificio no. Y buena parte de las instalaciones que rinden por debajo de lo previsto no fallan por el equipo ni por el instalador, sino por decisiones que se tomaron antes, cuando todavía se podían tomar de otra manera.

Lo que sigue está escrito desde el lado de la obra, que es donde aparecen esas decisiones.

La carga térmica no se calcula igual

Un muro de mampostería de sesenta a noventa centímetros tiene una transmitancia mala y una inercia térmica que ninguna solución ligera iguala. Las dos cosas a la vez.

El cálculo de cargas en régimen estacionario trata la envolvente como si respondiera de inmediato a la temperatura exterior. En un edificio de mucha masa eso no ocurre: la onda térmica llega amortiguada y con horas de retraso. El resultado es que la punta calculada tiende a quedar por encima de la punta real.

De ahí sale el error más caro y más frecuente: sobredimensionar. Una bomba de calor generosa parece la opción prudente, pero trabaja peor a carga parcial, cicla más y rinde por debajo de una ajustada a lo largo de la temporada. En un edificio de alta inercia, el sobredimensionado no compra seguridad, compra ciclos cortos.

Y hay una segunda capa que en esta comarca pesa mucho: muchas de estas casas no se usan de forma continua. Segunda residencia, uso de temporada, alquiler estacional. Un edificio de mucha masa tarda días en ponerse en régimen; no es una vivienda que se pueda apagar el domingo y recuperar el viernes por la tarde a base de potencia.

En esos casos la estrategia que funciona no es la de la vivienda permanente. Es mantener una temperatura base baja durante los periodos sin uso y subir poco desde ahí, en lugar de programar paradas profundas. Es una decisión de regulación, pero condiciona el dimensionado, y conviene tomarla antes de comprar el equipo.

La temperatura de impulsión es donde se gana o se pierde el rendimiento

El rendimiento de una bomba de calor depende del salto que tiene que vencer. Como regla de trabajo, cada grado que se baja la impulsión mejora el COP en torno a un 2-3 %. Entre impulsar a 35 °C y hacerlo a 55 °C hay una diferencia que ningún equipo, por bueno que sea, compensa.

En rehabilitación esa temperatura no la decide el instalador. La decide el espesor disponible en el suelo.

Es la conversación que conviene tener pronto, porque el margen es estrecho: en una casa antigua la altura libre suele ser justa, los huecos de puerta y los peldaños existentes no se mueven, y el forjado que hay debajo condiciona cuánto recrecido admite. Cuando no cabe un suelo radiante convencional, quedan soluciones de bajo espesor, o emisores de baja temperatura sobredimensionados, o fancoils. Todas son válidas; lo que no es válido es decidirlo cuando el pavimento ya está puesto.

El error clásico es mantener los radiadores existentes, dimensionados en su día para 70 °C, y conectar detrás una bomba de calor. La instalación funciona —calienta— y el cliente no entiende por qué la factura no baja lo que le habían dicho. Funciona a un COP que no es el del catálogo, y eso no lo arregla ningún ajuste posterior.

Dónde va la unidad exterior se decide antes de la licencia

En rehabilitación esto no es un detalle de montaje: es una condición de proyecto.

En una fachada de piedra, sobre todo si el edificio está catalogado o el planeamiento protege el conjunto, colgar una unidad exterior no siempre es una opción. Y cuando lo es, no siempre es una buena opción.

Tres cosas que se ven en obra y no siempre en el plano:

El aire tiene que poder salir. Una unidad metida en un patio cerrado, un nicho o un hueco entre muros acaba recirculando su propio aire de descarga. Pierde capacidad justo cuando más se le pide y, en calefacción, entra en desescarche con más frecuencia de la que debería.

Aquí hiela. El interior del Empordà tiene heladas, y el drenaje de condensados en modo calefacción es un punto de fallo real: si la bandeja o el tubo se congelan, el agua se queda donde no debe. Es barato resolverlo en el montaje y caro resolverlo después.

El ruido tiene destinatario. Que la casa esté aislada no significa que no haya a quién molestar: muchas veces el afectado es el dormitorio del propio propietario o la terraza donde se cena en verano.

En la práctica, la solución suele ser una posición discreta a nivel de suelo con una celosía ventilada, o un faldón de cubierta plana si existe. En las instalaciones de aerotermia sobre edificios de piedra que llevamos en Construccions Montero, la ubicación de la unidad exterior se cierra con el proyectista antes de que el expediente entre en el ayuntamiento. Es de las pocas decisiones que casi nunca se pueden rehacer después.

Aislamiento permeable, infiltración y ventilación

Si el muro se aísla por el interior con materiales permeables al vapor —morteros aislantes de cal, fibra de madera, corcho, cal-cáñamo—, que es lo correcto en una fábrica histórica, la transmitancia mejora menos de lo que mejoraría con una solución convencional con barrera de vapor. Es un intercambio consciente: se acepta un número peor a cambio de que el muro siga secando.

Para el dimensionado eso significa una cosa concreta: la demanda va a seguir siendo más alta que la de una vivienda nueva, y conviene calcular con la envolvente que va a quedar, no con la que aparece en la memoria justificativa.

A eso se suma la infiltración. La estanqueidad de una masía rehabilitada no se parece a la de obra nueva por mucho que se cuiden las carpinterías, y ese aire que entra es carga térmica real.

Y si se mejora de verdad la estanqueidad, aparece el problema contrario: un edificio que antes ventilaba solo, ahora no. Sin ventilación controlada, la humedad interior se queda dentro y condensa en el primer punto frío que encuentra. Es el tipo de patología que aparece el segundo invierno y que nadie relaciona con la instalación.

El ACS de la casa que no se usa todos los días

En segunda residencia y alquiler de temporada el consumo de agua caliente no es plano: se concentra en fines de semana y en agosto, con varias duchas seguidas en poco rato.

Eso desplaza el criterio de dimensionado del acumulador respecto a una vivienda permanente con el mismo número de habitaciones. Y obliga a pensar el tratamiento antilegionela con la temperatura que la bomba de calor puede dar por sí sola y la que necesita apoyo, porque los ciclos a alta temperatura en un equipo mal planteado se comen buena parte de lo que se había ganado en rendimiento.

Lo que conviene preguntar al constructor antes de dimensionar

Cinco preguntas, y ninguna cuesta dinero:

1. ¿Cuál va a ser la composición final del muro? No la actual: la que quedará después de la obra.

2. ¿Cuánto espesor queda libre en el suelo? Es lo que decide la temperatura de impulsión y, con ella, el rendimiento de toda la instalación.

3. ¿Se va a aislar la cubierta? Suele ser el cambio que más reduce la demanda, y muchas veces está decidido antes de que llegue el instalador.

4. ¿Cómo se va a usar la casa? Permanente, temporada o alquiler. Cambia la estrategia de regulación y el acumulador de ACS.

5. ¿Dónde puede ir físicamente la unidad exterior con las condiciones de la licencia?

En rehabilitación, constructor e instalador estamos trabajando sobre el mismo edificio con dos calendarios distintos, y casi siempre el primero cierra decisiones que condicionan al segundo sin saberlo. Media hora de conversación antes de que se levante el primer pavimento ahorra más rendimiento que cualquier ajuste posterior de la instalación.

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